La última astracanada de Ana Botella

Querida Ana Botella:

A este retablo absurdo, repugnante y hambriento en que habéis convertido España le faltaba solamente tu lamentable actuación para que ya estuviera completo. Mucho has tardado, pues, en aparecer con tu triste velilla en esta trágica mojiganga. Y lo has hecho tal y como se esperaba de ti, mostrándonos sin querer el forro de tu desvergüenza.

De modo que soltaste varios pápiros de piel de contribuyente –sustraídos de las arcas públicas, faltaría más– para que mejoraran tu imagen en Internet. En concreto, sesenta mil del ala. Aunque imagino que eso para ti es calderilla, el chocolate del loro, nada entre dos platos. Lo que no sabes –o quizá sí–, es que tu imagen es inmejorable. Entiéndeme, quiero decir que no la puede mejorar ni todo el oro que aquellos malditos rojos le vendieron a Moscú.

Por supuesto, no se te ocurrió dejar de ser la mamporrera de los fondos buitre. O dejar de favorecer a la educación y a la sanidad privadas. O dejar, mismamente, tu puesto de alcaldesa elegida a dedazo por aquel sacrosanto, anti-olímpico y gallardo varón. Persistiendo en esa dejadez de mente y corazón que te caracteriza, la paloma del espíritu santo –pero sería, ay, rechoncha y de un blanco poco inmaculado – vino a imbuirte de una idea que debió parecerte divina: mejorar tu imagen a través del robo. Te confieso que, desde aquella paradoja de Aquiles y la tortuga, no había vuelto a ver nada igual. De haberte conocido, es probable que el griego Zenón se hubiera frotado las manos.

El que de seguro sí se las ha frotado ha sido el empresario –e imputado– Alejandro de Pedro, el llamado conseguidor de la ‘trama Púnica’, la persona responsable de “crear y difundir noticias positivas sobre los cargos públicos para desplazar a las negativas en los buscadores”, según reza el informe de la UCO. Con gente como tú, Lucía Figar, Pedro Antonio Sánchez, Eduardo Zaplana, etc., cuyos valores cotizan al alza en la bolsa de la indecencia, la rapacería del empresariado más avieso se ve aguijoneada. Políticos y empresarios neoliberales –valga la redundancia- conformáis las dos caras de la misma moneda. Reyes del sablazo, conmilitones en la cofradía del santo apandador, monipodios horteras de la capital –y del capital–, no pararéis hasta conseguir que el estado del ¿bienestar? se quede en los huesos. ¡Y aún os tenéis por cristianos, y vais a misa, y no os sabe a mierda de perro la bendita hostia consagrada!

Y, después de todo, ¿sirvió para algo? Te pregunto mordido por la curiosidad, ¿mejoró tu imagen? Durante aquella época, si alguno tecleaba en google tu nombre, ¿de verdad que podíamos tropezarnos con una Ana Botella de alcanfor, hacedora del bien y que vino a la tierra para morir por todos nosotros? Y, suponiendo que eso fuera así, pues la maquinaria propagandística puede convertir la madrileña Cañada Real Galiana (el gran supermercado de la droga) en Disneyland si está bien lubricada con el aceite del dinero, ¿calaría esa imagen en el fondo de los ciudadanos hasta conseguir engañarlos y hacerles ver la persona que en realidad no eres?

La respuesta nos la ha dado, como siempre, el paso del tiempo, que nos ha traído puntualmente tus numerosas salidas de tono hasta el punto de que estas ya constituyen por sí mismas todo un género propio –superando, incluso, al astracán de Pedro Muñoz Seca–: las botelladas. Y ahora tocaría echarnos todos aquí unas risas recordando algunas de ellas (lo de las peras y las manzanas, lo del café con leche, lo del spa, etc.) si no fuera porque, en el fondo,  todos tus tejemanejes no tienen ni puta gracia.

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