Felipe González, un descuido que nos da cuidado

Querido Felipe, compañero Isidoro, señor de los GAL, dios ajado y gordezuelo del socialismo de cartón, cómo hemos cambiado, que diría Sole Giménez, cuando Presuntos Implicados era solamente un grupo de música y no la tónica dominante del turnismo político o del politiquerío de turno. ¡Hay que ser socialista, antes que marxista!, gritabas entonces, en aquella España que era un solar a medio construir, años 70, la Transición y todo aquello, cuando la ilusión de millones de españoles acabaría siendo la mercancía barata con la que tú traficabas, narco del obrerismo, hasta convertirte en el puto jefe de la cosa. Al final, ya ves, ni marxismo ni socialismo, solo un andar solitario entre la gente, por decirlo de manera quevedesca, ahora que Muñoz Molina, uno de aquellos “150 novelistas amamantados por Carmen Romero” (maestro Umbral, al que seguimos echando de menos), le ha robado el verso al poeta para su nuevo libro.

Cómo hemos cambiado, Felipe, qué lejos ha quedado la amistad, sobre todo con el pueblo, no hay más echar un ojo a las encuestas, manque sea precocinadas, para ver que el PSOE no remonta el vuelo, cuervo ingenuo, ni teniendo enfrente al partido más corrupto de Europa, que a este ritmo va a dejar España “archipobre y protomiseria”, como se define al licenciado Cabra, por sumarnos también a la moda de esquilmar a Quevedo. Pero tú no pongas el grito en el cielo, no conviene despertar a las masas, que han vuelto a sestear y a encerrarse en el aprisco –ovejitas mansas apacentadas de conformismo– una vez superado el efecto revitalizante del 15-M. Es mejor blanquear la corrupción de los otros, que en el fondo son los tuyos, pues el pepesocialismo no es sino el manijero que trabaja para el amo del cortijo, o sea la banca. Por eso a la hora de la verdad –reforma del 135 o sesión de investidura– asistimos al truco de magia, al juego del trile, a esa prestidigitación de hacer que no haya diferencia alguna entre una gaviota y una rosa con espinas.

“No hay un fenómeno de corrupción”, te hemos escuchado decir esta semana con esa voz de “gatazo suave” (otra vez Umbral, ay, que es enfermedad crónica), sino “un descuido generalizado”. Claro que sí, guapi. Quién no ha ido alguna vez por ahí sin cuidado y ha terminando desfalcando sin querer varios miles de millones. La corrupción es un despiste, un quedarse en babia, un lapsus, y además “generalizado”, es decir, de todo el mundo, es decir, de nadie. La corrupción de verdad, la corrupción corrupción, es cosa de Venezuela y otras repúblicas bananeras, que este es país serio y decente, aunque algo descuidado, por lo que se ve, lo cual se arregla con una reprimenda y algún que otro pescozón.

Cómo hemos cambiado, compañero Isidoro, qué lejos ha quedado la amistad, ah, qué nos ha pasado, te preguntarás alguna noche de insomnio, esa noche que a todos nos llega, cruel y despiadada, esa noche “fabricadora de embelecos” (yo es que soy más de Lope) en que uno hace examen de conciencia. A lo peor, Felipe, en una de esas descubres que eres un alma neobarroca, por las contradicciones, digo, como en esos versos de Quevedo que a Muñoz Molina tanto le gustan y que vete a saber si alguna vez te leyó en tu famosa bodeguita:

Es un descuido que nos da cuidado,

un cobarde con nombre de valiente,

un andar solitario entre la gente,

un amar solamente ser amado.

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