Poco se habla ya, en los mass media o en las tertulias más informales, de la demolición controlada del Estado de Bienestar. Como tema de preocupación nacional,  parece haber caído a los últimos puestos de la clasificación. Asuntos menos apremiantes, o que solo interesan a una determinada clase social (la hegemónica, esto es, la burguesía), parecen estar copando toda la atención del público al encontrarse intencionadamente en el centro del debate político. Tertulianas y sabelotodos por todo el territorio de la piel de toro dedican sus minutos de gloria en televisión, radio y prensa escrita, a guiar la opinión hacia donde los jefazos de los conglomerados empresariales señalan. Estos temas no dejan de ser, en la mayoría de los casos, accesorios y banales, por mucha carga de emotividad que quieran imprimirle. En suma, debates estériles destinados a entretener y anular cualquier conciencia o análisis crítico independiente que pueda poner en peligro los pilares del sistema productivo/económico puesto ya en marcha y que amenaza con una nueva vuelta de tuerca que perjudicará, de seguro, a la clase trabajadora. Ese sistema que solemos llamar Capitalismo.

Mientras nos posicionamos a favor de la unidad de España o del derecho a decidir del pueblo catalán, el Bruto o el Casio de turno nos apuñala silenciosa pero inmisericordemente. Mientras que celebramos o lloramos la detención o liberación de Puigdemont, el proceso de desmantelamiento del Estado de Bienestar entra en un nuevo nivel. La opresión se torna, en cada giro, más implacable, cada vez más irreparable. Y cada vez nos duele menos.

Decía el rey zanahorio de los Países Bajos que teníamos que mentalizarnos: el Estado de Bienestar toca a su fin. Es curioso que sea un homo bildebergensis el que haya soltado tamaña buena nueva y hable de sustituirlo por una “sociedad participativa”. Así dicho suena hasta bien, de no ser porque se trata de un eufemismo para “sociedad neofeudal”, para “menos Estado y más propiedad privada”, para “mayor explotación laboral y más beneficios”.

Hay quien podría pensar que, jamás de los jamases, nos podrían colar semejante caballo de Troya sin al menos una resistencia numantina. Pero aquí es cuando entran en juego los mamporreros del capital, como Juan Luis Cebrián. Cebrián no solo es delegado del Club Bildeberg en España, sino presidente del Grupo Prisa hasta hace dos días, como quien dice. Para más inri, su padre fue un alto cargo de prensa del régimen franquista y director del diario Arriba, el panfleto de Falange Española.

No es casualidad que haya sido el diario El País, medio perteneciente a dicho Grupo Prisa, el artífice de una serie de artículos destinados a vendernos esa “sociedad participativa” a través de una terminología de lo más cool y trending. Que si “nesting” (pasarse todo el fin de semana en casa sin salir y sin consumir porque no hay dinero que gastar), que si “freeganismo” (buscar comida en la basura por ecologismo, no por pobreza, última tendencia hipster, dijeron), que si “economía colaborativa” (compartir un puesto de trabajo con otra persona, así como el salario), que si “contrato de 0 horas” (traducción: te llamamos cuando te necesitemos, sin ataduras), y un largo etcétera de formulismos para normalizar la pobreza y/o la explotación laboral de los trabajadores.

En paralelo, asistimos casi impertérritos a la privatización de la sanidad (derecho universal), y ya empezó la campaña para acostumbrarnos a la privatización de las pensiones. Partidos políticos emergentes como Ciudadanos defienden reducir las indemnizaciones por despido, criminalizan las huelgas generales y se posicionan a favor de legalizar la prostitución y la gestación subrogada (actividades ambas con un propósito claro: la explotación del cuerpo de la mujer).

Para ayudarnos a tragar todo este mondongo, los gestores políticos del capital han generado burbujas económicas y falsa prosperidad para alejarnos de esas peligrosas ideas subversivas que constituyen el Socialismo. Han maquillado informes macroeconómicos para hacernos creer que todo va e irá bien, que el libre mercado es lo mejor que nos ha podido pasar en la vida. Nos han sobornado con lujos y tecnología financiados sin intereses y repartidores a domicilio, de comida o de lo que nos antoje, que para eso pagamos.

Y mientras todo esto acontece, en pleno proceso de involución social, en el que los partidos de izquierda (nacionales o europeos) no pueden (o no quieren) ofrecerse como garantía para salvaguardar los derechos básicos de los trabajadores, uno se pregunta: ¿quién salvará al Estado de Bienestar?

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