Tras la caída de la Unión Soviética y el bloque comunista, propiciada por la inefable traición de Gorbachov y Yeltsin, el movimiento obrero pareció quedar huérfano de padre y madre, así, de golpe. Solo resistía una depauperada Cuba en el Caribe, asediada por los embargos occidentales, la China del “socialismo de mercado” que diría Deng Xiao Ping, y la ultramilitarizada Corea del Norte. En Europa, durante todo el siglo XX, el Capital había construido el Estado de bienestar, basado en un fuerte intervencionismo estatal en la economía, para corregir los desequilibrios y desmanes del libre mercado y para ahuyentar el espantajo del comunismo. Los partidos comunistas de los países europeos, ya legalizados, comenzaron a abrazar el eurocomunismo y a inclinarse favorablemente hacia posturas socialdemócratas. Era, siguiendo a algunos historiadores, “El Fin de la Historia”, esto es, el fracaso y muerte del socialismo.

El imparable proceso de terciarización de la economía (es decir, el auge del sector servicios: turismo, banca, transporte, informática, investigación, educación, sanidad, comercio, etc.), la atemperación de los sindicatos de clase, el acceso fácil a bienes de consumo antaño solo disponibles para las clases altas (mayormente, productos electrónicos e informática), redujeron drásticamente la combatividad obrera, así como anularon su conciencia de clase. Todos empezamos a creer que pertenecíamos a eso a lo que hoy llamamos, nostálgicamente, clase media. Nada más lejos de la realidad.

Cuando nos estalló la burbuja en toda la cara, y los gobernantes europeos aprovecharon para desmantelar dicho Estado de bienestar, los y las currantes volvimos a la realidad. Siempre fuimos clase trabajadora, pero en algún momento de nuestra Historia, decidimos renegar de nuestra esencia, de nuestro rol en la sociedad. Nos agasajaron con lujos y comodidades de todo tipo, y lentamente fuimos traicionando a nuestros antepasados, mostrando una paternal y obscena condescendencia con los que no gozaban de nuestro tren de vida, cuando no despreciándolos. Repetimos hasta la sociedad a nuestros hijos e hijas que estudiaran si no querían ser basureros o camareros: sería una deshonra que un miembro de la familia se dedicara a servir tapas y copas a los del “taco” o a limpiar sus mierdas. Nos convirtieron (convertimos) en clasistas, sin ni siquiera pertenecer a ninguna élite. Tamaño engaño ha ido calando en más de una generación por obra y gracia de los propios trabajadores beneficiados por el fraude del bienestar capitalista, que creyeron perenne y hereditario.

De esta guisa, con cuatro harapos, un triste hatillo y despeinados por el vendaval, llegamos los trabajadores a los albores de la segunda década del siglo XXI. El siglo de las identidades, de los “preparaos”, de las batucadas, el de las luchas secundarias, del veganismo radical y de la homeopatía, el de los antivacunas y el del terraplanismo. Pero entre todo este cacao de ideologías transversales y colectivos fácilmente ofendibles, todavía sobresale, medio acarajotada, la clase trabajadora que, como Neo en Matrix, va recuperando la fe en sí misma y ve resucitada su conciencia de clase.

La clase trabajadora del siglo XXI está constituida por todas aquellas personas que alquilan su fuerza de trabajo (sea físico o intelectual) a cambio de un salario que les permite sobrevivir, en una economía de libre mercado, con menor o mayor holgura. Médicos, policías, bomberos, camareros, abogados, barrenderos, administrativos, militares, teleoperadores, cocineros, periodistas, albañiles y demás operarios de la construcción, profesores, autónomos, cajeros, enfermeros, y un largo etcétera de profesiones que integran la inmensa mayoría de nuestra sociedad. La única razón por la cual, los integrantes de la clase trabajadora, no hemos sido capaces de adquirir una conciencia de clase plena, es la estrategia de Divide et Impera llevada a cabo por esa minoría opresora, la burguesía, a través de sus medios de intoxicación, durante décadas. Pero, como ya indicó Marx, el motor de la Historia es la lucha de clases: no importa que la trabajadora lleve dormitante medio siglo. Aunque aún aturdida por los vuelcos inesperados del “Fin de la Historia”, ésta restablecerá su verticalidad e identificará a su enemigo y némesis: la burguesía o clase opresora, la propietaria de los medios de producción y parásita de la riqueza común.

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