Deportes

Momentos estelares del deporte

Momentos estelares del deporte

Publicado: 24 de junio de 2021 12:29 (GTM+2)

No hay ninguna otra actividad humana que consiga aglutinar la emoción, el vértigo y la pasión que reúne el deporte de élite, habiendo además encuentros de fútbol, partidos de tenis, carreras ciclistas o competiciones de atletismo que quedan guardados para siempre como un tesoro en la retina de los aficionados, ya sea por la trascendencia del choque, la imprevisibilidad del desenlace, por la grandeza con la que se batieron los contendientes, e incluso en ciertas ocasiones especiales por todo ello a la vez.

El deporte como espectáculo de masas

Además, todos podemos ser testigos de esos paroxismos del deporte gracias a la televisión, que permite que millones de espectadores puedan contemplar en directo estos momentos singulares, creando una experiencia compartida que luego por su naturaleza memorable se integra en el imaginario colectivo. Pero la tele no es el único canal que es capaz de dar otro cariz a los acontecimientos deportivos, ya que internet propicia desde que no se dependa de una TV para poder ver un encuentro hasta la oportunidad de hacer pronósticos a tiempo real, posibilitando realizar apuestas deportivas incluso durante el partido.

Hay una anécdota que refleja muy bien lo que eran las grandes gestas deportivas cuando no había ni televisión ni internet, le sucedió ni más ni menos que a Obdulio Varela, uno de los héroes que comandó a Uruguay en la victoria frente a Brasil en el legendario maracanazo, un futbolista mítico que contaba que a la conclusión del partido salió a festejar la victoria por los bares de Río, donde quedó impresionado y hasta contagiado de la tristeza de los brasileños, que departían con él sin tener ni idea de quién era, algo que hoy en día sería impensable ya que la televisión e internet hacen que los futbolistas sean reconocibles en cualquier lugar del planeta.

Un duelo quimérico contra el tiempo que se decantó por ocho segundos

Pero más de allá universalizar la fama de los deportistas, lo que permiten los medios primordialmente es que millones de personas puedan ser testigos de los acontecimientos deportivos, viviendo como si se encontrasen in situ espectáculos tan apasionantes como por ejemplo el desenlace del Tour de 1989, que ganó Lemond a Fignon por apenas ocho segundos después de una contrarreloj agónica, posibilitando las cámaras no ya contemplar cómo porfiaban ambos ciclistas en su lucha contra el tiempo, sino toda la dimensión humana de ese combate, reflejada con toda su crudeza al final en los rostros desencajados por el esfuerzo de ambos corredores, hasta el punto que resultaba imposible no empatizar con el sufrimiento del perdedor, aunque no fuese precisamente un tipo simpático.

Las grandes gestas no tienen por qué ser sinónimo de triunfos mayúsculos

Con todo, para que un espectáculo deportivo quede para siempre en la memoria de los aficionados tampoco hace falta que se trate de una final, o una jornada decisiva para la resolución de un campeonato. Sin ir más lejos y sin abandonar el ciclismo baste recordar las gestas que protagonizó el italiano Claudio Chiapucci, que nunca ganó ninguna gran carrera pero que regaló a los aficionados al ciclismo etapas inolvidables, como cuando en el Tour de de 1992 ganó en la cima de Sestrieres culminando una escapada en solitario de más de 200 km.

Las plusmarcas crean la ilusión de que el ser humano puede ir constantemente más allá de sus límites

Igualmente, el deporte también ofrece momentos majestuosos cuando se bate algún récord, por la resonancia simbólica en un aspecto que tiene hasta connotaciones filosóficas como es el ensanchamiento de los límites humanos, no digamos ya si la marca que se rebasa es una que estaba vigente mucho tiempo. Como fue el caso del salto de 8,95 metros de Mike Powel en los Mundiales de Atletismo de Tokio de 1991, que por fin rebasaba la marca que había conseguido Bob Beamon en 1968. Así, este atleta estadounidense batió contra pronóstico el récord más longevo de la historia del atletismo, y lo hizo ni más ni menos que frente a un rival como Carl Lewis, que llegó a saltar también por encima de los 8,90, protagonizando ambos un duelo que tuvo en vilo a millones de espectadores de todo el globo y que quedará para la eternidad en los anales del deporte.

El mejor partido de tenis de todos los tiempos

De modo similar, permanecerá para siempre en la memoria de los aficionados al tenis la final de Wimbledon que protagonizaron Rafa Nadal y Roger Federer en 2008, un choque que se prolongó durante casi cinco horas y que tiene la vitola de ser considerado como el mejor duelo tenístico de toda la Historia. Tras cuatro sets a cara de perro, se dirimió en un quinto set agónico que requirió la disputa de 16 juegos para que Rafa Nadal se alzase con la victoria, aunque por el esplendor de lo visto en la hierba el partido honró por igual ambos contendientes, al tenis y al deporte en general.

El fútbol, pasión de multitudes

Por no hablar de los momentos estelares que depara otro deporte de masas como es el fútbol, fervientemente seguido en los cinco continentes, hasta el punto que el Clásico de la Liga Española se puede vivir con la misma pasión en Madrid y Barcelona que en Tánger o Bagdad, gracias en gran parte a la televisión por satélite e internet, de hecho el espectáculo ha podido continuar durante varios meses sin público en las gradas pero es bastante dudoso que pudiese llegar a hacerlo sin retransmisiones.

Así, hoy en día para que un acontecimiento deportivo tenga la resonancia necesaria para convertirse en memorable precisa poder ser contemplado por un auditorio global, de manera que actualmente sería imposible que se repitiese la historia de Obdulio Varela y su desapercibido paseo por las calles de Río anegadas de lágrimas.