6 de enero de 2026
El comportamiento del consumidor está cambiando de forma estructural. En 2025, distintas fuentes internacionales coinciden en que la demanda se está desplazando hacia experiencias memorables que aportan bienestar y conexión, y no únicamente hacia el consumo material. Este giro no solo está redefiniendo sectores como el turismo, la hospitalidad o el ocio, sino también la manera en la que los inversores analizan oportunidades de crecimiento.
La tendencia aparece reflejada en datos recientes. Un informe de Mastercard apunta que cerca del 70% de los europeos planea gastar parte de su presupuesto anual en experiencias relevantes, desde viajes hasta gastronomía o bienestar. Paralelamente, el World Economic Forum estima que el turismo mundial aportará alrededor de 16 billones de dólares al PIB global en 2034, impulsado en gran medida por la búsqueda de vivencias más personales, sostenibles y significativas.
Este interés también se está manifestando en el capital. El informe Venture Pulse de KPMG señala que la inversión global de riesgo repuntó en el último trimestre de 2024, alcanzando su nivel más alto en siete trimestres. Aunque este crecimiento no está concentrado en una única vertical, fondos especializados como KSL Capital estiman que la economía de las experiencias crecerá a ritmos cercanos al 9% anual compuesto, con especial dinamismo en hospitalidad, viajes, deportes, gastronomía y ocio cultural.
Dentro del sector hotelero, los análisis de mercado muestran un comportamiento similar. Informes de consultoras especializadas indican que los hoteles de lujo y “upper-upscale” están creciendo más rápido que los de gama media, un síntoma de lo que muchos expertos denominan la “premiumización consciente”: los consumidores reducen compras materiales, pero elevan la calidad de las experiencias que eligen vivir. Este patrón se observa especialmente en viajeros jóvenes, profesionales nómadas y audiencias urbanas que buscan alojamientos con identidad, diseño y conexión con el entorno.
Es en este contexto donde grupos como YOUNG están construyendo parte de su inversión. El holding, con presencia en proyectos de hospitalidad, espacios de trabajo, ocio y cultura, lleva años apostando por negocios donde la experiencia es el eje central del valor y la comunidad funciona como motor de crecimiento. La evolución del mercado respalda esta visión: los activos que combinan propuesta estética, narrativa, servicio y pertenencia generan mayores tasas de repetición, márgenes más sólidos y una diferenciación difícil de replicar.
Para YOUNG, la economía de las experiencias no es una moda coyuntural, sino un cambio estructural en cómo las personas deciden gastar su tiempo y su dinero. La compañía observa especial potencial en modelos híbridos que combinan alojamiento, gastronomía, deporte, creatividad y trabajo flexible; en proyectos locales con identidad fuerte y en propuestas que integran sostenibilidad, bienestar y cultura con autenticidad.
Aun así, el grupo subraya que, como en cualquier vertical en expansión, existen factores macroeconómicos y operativos que influyen en el desempeño. Las tendencias actuales, no obstante, apuntan a que los activos basados en experiencia seguirán creciendo durante la próxima década, con una demanda cada vez más exigente y un mercado que premia propuestas con alma y coherencia.
“Los consumidores no buscan solo un producto o un servicio, buscan lo que sienten al vivirlo”, señalan desde YOUNG. “Para quienes construyen y financian negocios, esto abre una oportunidad clara: invertir en proyectos capaces de crear experiencias memorables y sostenibles en el tiempo”.