9 de enero de 2026
Cada comienzo de año se repite el mismo ritual. Nuevos propósitos, nuevas promesas y la sensación de que, esta vez sí, algo va a cambiar. Entre ellas, una aparece con sospechosa regularidad: aprender a tocar la guitarra flamenca.
El flamenco es uno de esos lenguajes musicales que atraen incluso a quienes nunca han estudiado música. Tiene fuerza, identidad y una carga emocional que engancha. El problema es que ese deseo suele quedarse en intención. La guitarra acaba esperando apoyada en una pared, mientras el calendario avanza.
Quien decide empezar con la guitarra flamenca en 2026 no lo hace muy distinto a como se hacía hace veinte años, pero sí con más ruido alrededor: tutoriales infinitos, comparaciones constantes y una idea poco realista de cómo se aprende realmente este instrumento.
La primera gran mentira con la que tropiezan muchos principiantes es la edad. “Ya no tengo manos”, “ya no tengo cabeza”, “el flamenco es para gente que empezó de niño”. Basta observar quiénes llenan hoy muchas academias para desmontar el argumento: adultos que no tuvieron tiempo antes, que ahora sí saben lo que quieren y que, paradójicamente, aprenden mejor cuando alguien les explica con claridad.
El problema nunca fue la edad, sino la falta de un método pensado para personas adultas que quieren aprender guitarra flamenca sin prisas, pero sin perder el rumbo.
El segundo autoengaño habitual tiene que ver con el tiempo. O, mejor dicho, con su ausencia. La mayoría de personas no deja la guitarra flamenca porque no tenga huecos en su agenda, sino porque espera a que aparezca un tiempo ideal que nunca llega.
Aprender un instrumento no exige tardes enteras ni sacrificios heroicos, sino una decisión incómoda: reservar un pequeño espacio regular para uno mismo. Quien no toma esa decisión acaba posponiéndola indefinidamente, año tras año, hasta que el propósito se convierte en una broma recurrente.
A partir de ahí aparece otro desgaste silencioso: la falta de dirección. Muchos principiantes empiezan tocando “cosas sueltas”. Un acorde por aquí, un rasgueo por allá, una falseta que todavía no toca, pero que le gustaría tocar.
Todo parece aprendizaje, pero nada construye realmente. En la guitarra flamenca, donde el compás y la técnica tienen un peso enorme, avanzar sin una progresión clara genera confusión y desánimo. No se abandona porque cueste, sino porque no se entiende hacia dónde se va.
Hay también un factor del que se habla poco y que resulta decisivo: la soledad. Aprender guitarra flamenca en solitario puede ser una experiencia frustrante cuando no hay nadie que confirme si se va por buen camino.
Las dudas se acumulan, los errores se repiten y, poco a poco, aparece esa sensación tan común de estar estancado. No es un problema de compás ni de técnica: es emocional. Cuando nadie corrige ni acompaña al estudiante, el abandono se vuelve casi inevitable.
En este contexto han proliferado en los últimos años academias online de guitarra flamenca de todo tipo. Algunas ofrecen grandes bibliotecas de contenido, otras destacan por precios bajos o por promesas rápidas.
Entre ellas, Aprendeguitarra.es se ha consolidado como una de las más conocidas y activas precisamente por combinar dos cosas que rara vez van juntas: volumen de contenido y presencia humana.
Con cerca de cincuenta cursos disponibles y casi novecientas lecciones publicadas, su propuesta no se queda en el acceso a vídeos. Detrás hay un profesor que aparece, explica, responde, hace directos y ofrece feedback real a los alumnos. Esa diferencia, aparentemente sutil, cambia por completo la experiencia del principiante. Deja de sentirse solo frente a la pantalla y empieza a sentirse acompañado en un proceso que, de otro modo, suele ser solitario.
Quizá por eso conviene hacerse una pregunta incómoda al empezar un nuevo año: ''¿de verdad quiero aprender guitarra flamenca, o solo quiero seguir diciéndome que algún día lo haré?''
Porque no es una cuestión de talento ni de edad, y tampoco de tiempo. Es, sencillamente, una cuestión de compromiso con uno mismo.
La guitarra flamenca no se abandona por falta de ilusión. Se abandona cuando nadie explica bien por dónde empezar… y cuando la persona no termina de dar el paso.