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María Torvisco y Marisa Amador; cuando la poesía y la fotografía se reconcilian

29 de enero de 2026

En un panorama literario saturado de inmediatez, la poeta María Torvisco y la fotógrafa Marisa Amador proponen un ejercicio de resistencia visual y lírica con su nueva obra: "Fabricaba espejos y las calles se multiplicaban" (editado por Cuadernos del Laberinto, editorial madrileña que este año celebra su vigésimo aniversario).

 El título, "Fabricaba espejos y las calles se multiplicaban", que ya advierte sobre una exploración de la duplicidad y el espacio, sirve de puerta de entrada a un libro que huye de las estructuras narrativas convencionales para adentrarse en el terreno de la abstracción y la filosofía.

Lo que hace singular a este proyecto es la naturaleza de su colaboración. Lejos de la tradicional ilustración de textos o la descripción de imágenes, Torvisco y Amador han construido un espacio nuevo donde ambos lenguajes dialogan en igualdad de condiciones. "Ninguno de los dos lenguajes explica al otro", señala la poeta; mientras la fotografía abre puertas a la significación, la palabra poética se encarga de cerrar el sentido de ese intercambio subjetivo.

El resultado es una narrativa paradójica y armónica a la vez, fuertemente influenciada por la poesía visual y el arte conceptual del siglo XX. En esta obra, el texto y la imagen se interfieren deliberadamente para forzar una mirada nueva sobre lo cotidiano.

La arquitectura interna del poemario bebe de la "intuición del instante" de Gaston Bachelard. La obra renuncia a la perspectiva lineal para ofrecer una sucesión de momentos únicos, instantes congelados donde el tiempo cronológico se suspende para convertirse en un "tiempo vertical". Es una invitación para que el lector se sumerja en cada página y despliegue sus propios significados a partir de la emoción pura.

La voz de Torvisco se conjuga con el "extrañamiento": el uso del lenguaje para presentar lo conocido como si fuera algo radicalmente nuevo. Mediante metáforas inusuales y la personificación de objetos —un punto donde su poética conecta con la ausencia de figuras humanas en las fotografías de Amador—, la autora obliga al lector a mirar de otra manera aquello que cree comprender.

Su escritura huye del estruendo. Con "adjetivos pequeños y sustantivos grandes", la poeta busca la precisión a través del silencio y el ritmo pausado. Para ella, el poema solo encuentra su nombre cuando logra aterrizar en un lugar lento y silencioso, demostrando que incluso en la pasión poética más desatada debe existir siempre un punto de razón.

Pese a su formación y trayectoria en la psicología clínica, Torvisco es tajante al desligar la poesía de lo estrictamente terapéutico. Aunque reconoce que para algunos puede resultar sanadora, defiende la psicología como una ciencia dedicada al sufrimiento "invalidante" y la poesía como un mundo donde, aunque no esté desligado de la razón, las palabras simplemente "se buscan".

María confiesa que, aunque la lectura y la escritura son inseparables para ella, se siente más feliz en el acto de escribir. Un detalle curioso de su proceso es que siempre comienza sus poemas en minúscula, pues siente que estos vienen de un pasado lejano y se entrelazan con otros muchos textos anteriores.

Cuando está en la fase final de creación de un poemario propio, María deja de leer de manera "seria" para no contaminar su voz. En esos periodos, prefiere "pasear" por las páginas de autores diversos como Pasolini, María Zambrano, Henning Mankell o Ingeborg Bachmann, buscando una compañía fragmentada en lugar de una lectura profunda.

Se define como una apasionada de su profesión original. Se incorporó a la psicología movida por la curiosidad hacia procesos cognitivos como la percepción, la memoria y el lenguaje, antes de especializarse en la psicología clínica. Esta formación científica la lleva a ser muy rigurosa y a defender que la psicología debe mantenerse separada de actividades artísticas para no desvirtuar el tratamiento de las patologías.

Si pudiera elegir una compañía histórica para compartir un momento distendido, María elegiría dar un largo paseo y tomar unos vinos por Salamanca con el poeta Aníbal Núñez. Además, muestra una profunda admiración por la maestría de Ángel González y la sensibilidad de John Keats, de quien destaca su lucha por "captar partículas de luz en medio de una gran oscuridad".

Como creadora, María considera que un poema está terminado no por una corrección sintáctica, sino cuando siente que seguir trabajando en él podría dañar la idea original que le dio vida. Define la poesía, de una forma sencilla, pero "abisal", como "palabras que se buscan".

En definitiva, "Fabricaba espejos y las calles se multiplicaban" es una obra de madurez que exige pausa en su lectura. Es un libro que, en palabras de su autora, busca "capturar partículas de luz en medio de una gran oscuridad", recordándonos que la poesía sigue siendo ese himno capaz de domar el idioma para decir lo que, de otra forma, sería indecible.

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