5 de febrero de 2026
Rafael Peñalver – Rojo Sombrío
La exposición «Rojo Sombrío» de Rafael Peñalver en el Museo La Neomudéjar no debe entenderse como una simple muestra pictórica, sino como una liturgia de la memoria y un diálogo que conecta dos épocas cruciales de la modernidad española. Para Peñalver, el acto de pintar en 2025 es una reactivación de impulsos que nacieron décadas atrás, específicamente en el paisaje geográfico y espiritual de Cuenca. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por un acontecimiento que cambiaría el rumbo del arte en España: el nacimiento del Museo de Arte Abstracto Español. En aquel entorno, entre la dureza de la tierra de Villar de Olaya y la sofisticación intelectual de Fernando Zóbel, Peñalver se formó bajo la sombra de figuras tutelares como Millares, Canogar o Saura. Apadrinado por el propio Zóbel, quien reconoció tempranamente su talento, Peñalver absorbió un lenguaje que buscaba la libertad en un país todavía sumido en el silencio de la posguerra, entablando una amistad fundamental con la generación del grupo El Paso.
El núcleo de esta serie reside en un encuentro fundacional: el impacto que la obra «Rojo sombrío» (1964) de José Guerrero causó en un joven Peñalver. Aquella pieza actuó como un «big bang» emocional, una revelación de que el color y la mancha podían contener toda la profundidad de la existencia. Sin embargo, su mirada no se detuvo en la frontera española. Su formación se enriqueció con el contacto directo con la abstracción internacional, especialmente a través de su relación con figuras como Joan Mitchell. El diálogo con la obra de Mitchell —quien compartía con Peñalver esa capacidad de trasladar la pulsión del paisaje y la naturaleza al lienzo mediante un gesto vehemente y lírico— fue determinante para que el artista madrileño entendiera la pintura como un organismo vivo, capaz de respirar a través de la superposición de planos y la vibración cromática.
Hoy, en su etapa de madurez, Peñalver regresa a ese origen tras una dilatada trayectoria que trasciende el estudio. En los años 80, en pleno estallido de la democracia, Peñalver ocupó una «atalaya privilegiada» como Director de Exposiciones del Ayuntamiento de Madrid bajo el mandato del «viejo profesor», Enrique Tierno Galván. En aquel Madrid efervescente de la Movida, Peñalver fue un actor clave en la modernización cultural de la capital, gestionando la apertura de las salas municipales a las nuevas vanguardias. Desde su despacho, observó y promovió la ruptura de los discursos artísticos tradicionales, aunque siempre mantuvo una postura crítica y firme frente a las modas pasajeras del mercado, defendiendo la integridad del proceso creativo frente a la pura especulación estética. Esta etapa de gestión de primer orden le otorgó una visión panorámica del poder y la cultura, una experiencia que hoy resuena en sus lienzos como un poso de sabiduría y resistencia.
En estas piezas de gran formato, Peñalver despliega su técnica de «lienzo-paleta», un proceso casi performático donde las transiciones cromáticas ocurren directamente sobre la tela, permitiendo una frescura e inmediatez que desafía la pulcritud de la era digital. El uso de pigmentos puros con base de vinilo otorga a la obra una calidad alquímica; las superficies resultantes no reflejan la luz, sino que parecen absorberla, invitando al espectador a una introspección radical. A pesar de la explosión dionisíaca del color y la potencia gestual de sus trazos —donde se perciben ecos del expresionismo de la Escuela de Nueva York—, subyace en su obra un orden secreto, una geometría sensible que delata su formación en física. Es esta estructura la que contiene el caos, la que da sentido a una paleta donde el rojo no es solo pigmento, sino una metáfora de la resistencia intelectual y una referencia a la tragedia de Antígona: el individuo frente al poder, la vida frente a la deshumanización.
La elección del Museo La Neomudéjar como escenario para este diálogo no es casual. La atmósfera de decadencia industrial del centro, con sus texturas de hierro, ladrillo y su pasado ferroviario, ofrece el contraste perfecto para la saturación de estos rojos profundos. En este entorno crudo, la obra de Peñalver resuena con el imaginario de la «España torcida» que ya exploraron maestros como Miró, donde el binomio de sangre y luto adquiere una vigencia absoluta. «Rojo Sombrío» es, en última instancia, el testamento vital de un artista que, tras haber liderado procesos de modernización cultural en los años de la libertad recobrada y haber experimentado con los lenguajes más diversos —desde el arte conceptual hasta el videoarte—, regresa a la pureza del lienzo para recordarnos que, en un mundo saturado de imágenes efímeras, el color sigue siendo el lenguaje último de la libertad humana.
Francisco Brives & Néstor Prieto Curators