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Maletas, acentos y sueños; por qué cada vez más estudiantes españoles miran hacia Estados Unidos

31 de marzo de 2026

Hay decisiones que empiezan con una conversación en la mesa. Por ejemplo: “¿Y si se va a estudiar fuera?”.

Durante décadas, esa frase llegaba en la universidad. Hoy aparece cada vez antes: en el instituto. A los 14 o 15 años, cuando muchos estudiantes españoles empiezan a mirar más allá de su aula… y del país.

En ese mapa mental hay un destino que sigue apareciendo en grande: Estados Unidos. Y, cada vez más, también Canadá.

No es solo una sensación. Según la Asociación Española de Promotores de Cursos en el Extranjero, más de 4.000 estudiantes españoles participan cada año en programas educativos en Estados Unidos, muchos de ellos cursando un año completo de instituto en un high school estadounidense.

Puede parecer una cifra más en un informe, pero detrás hay miles de historias que empiezan de la misma manera: una maleta a rebosar, un inglés que todavía suena tímido y la sensación de estar entrando en una película que hasta entonces solo se había visto en Netflix.

El instituto como puerta al mundo

El sistema educativo estadounidense tiene algo que fascina a muchos adolescentes europeos: la sensación de que el instituto es más que ir a clase.

Equipos deportivos, clubes de debate, teatro, robótica o voluntariado forman parte de la vida académica.

Ese modelo convierte el instituto en algo más parecido a una pequeña comunidad que a un edificio donde solo se hacen exámenes.

Y eso explica por qué Estados Unidos sigue siendo el país que más estudiantes internacionales recibe del mundo, con más de 1,1 millones de alumnos extranjeros, según el Open Doors Report.

El atractivo no está solo en el prestigio académico. También en la narrativa: la idea de que EE. UU. no es solo un lugar donde estudiar, sino un espacio donde los jóvenes pueden probar quiénes son cuando nadie los conoce.

La generación que quiere salir

La movilidad internacional entre estudiantes europeos sigue creciendo. Datos de Eurostat indican que más de 364.000 universitarios de la Unión Europea participaron en programas de movilidad internacional en 2022.

No todos cruzan el Atlántico, pero muchos miran en esa dirección. Estados Unidos concentra alrededor del 7,2 % de los estudiantes europeos que estudian fuera del continente.

Quizá porque, para una generación que ha crecido consumiendo cultura global como series, videojuegos o música, el país ya no se siente tan lejano. Es casi un territorio familiar antes incluso de visitarlo.

La enseñanza más allá del plan de estudios

Sin embargo, hay algo que no aparece en los rankings ni en los informes: lo que pasa cuando se pierde el primer día en una ciudad nueva, cuando se descubre que el inglés académico no sirve para pedir café rápido o cuando hay que explicar de dónde viene el acento.

Ese aprendizaje invisible es el que muchos estudiantes recuerdan más tarde.

Estudios citados por el Instituto de la Juventud de España señalan que los jóvenes con experiencias internacionales pueden tener hasta un 23 % menos de riesgo de desempleo.

Pero quizá el valor real no está solo en el currículum. Está en lo que pasa dentro.

Porque vivir fuera obliga a los estudiantes a hacer algo incómodo y necesario: redefinir quiénes son cuando su entorno habitual desaparece.

El puente lo construyen empresas especializadas

Organizar todo eso no es sencillo. Visados, convalidaciones, selección de familias anfitrionas, elección de institutos…

Por eso han surgido empresas españolas especializadas en acompañar a las familias en ese proceso.

Una de ellas es Deaquiparafuera, dedicada a ayudar a estudiantes de secundaria a cursar un año académico en institutos de Estados Unidos y Canadá.

Su trabajo consiste en algo más que gestionar trámites: preparar a estudiantes y familias para una experiencia que mezcla educación, independencia y choque cultural.

El aprendizaje que no aparece en las calificaciones

Hay algo curioso en estos programas: lo más importante casi nunca aparece en las notas.

Lo que muchos estudiantes recuerdan años después no es el examen de matemáticas en inglés.

Es el primer día en el instituto, cuando nadie pronuncia bien su nombre.

La primera cena de Acción de Gracias.

El momento en que descubren que ya piensan en otro idioma.

Y que, cuando vuelven a casa, el mundo parece ligeramente más grande.

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