6 de mayo de 2026
Durante una comida familiar reciente, surgió una pregunta que, aunque parecía puntual, refleja una inquietud cada vez más extendida en muchas familias:
¿Sigue siendo una buena decisión estudiar aquellas carreras que durante años se consideraron apuestas seguras?
La conversación comenzó cuando una joven de 19 años expresó sus dudas sobre estudiar ingeniería informática. Lo que en otro momento habría generado una respuesta clara, “sí, es una buena opción”, esta vez, dio lugar a algo distinto.
Un familiar, no mucho más mayor y ya trabajando en el sector tecnológico, introdujo un matiz incómodo: muchos recién graduados están encontrando dificultades para acceder al mercado laboral, en el sector informático pero también en muchos otros sectores.
La conversación cambió de tono.
Y no es casual. Diversos estudios recientes muestran que el impacto de la inteligencia artificial no está siendo uniforme. Los perfiles junior, precisamente aquellos que están comenzando, están viendo reducidas sus oportunidades y condiciones, mientras los perfiles más senior mantienen o incluso mejoran su posición. Al mismo tiempo, tareas que tradicionalmente servían como puerta de entrada -como análisis básicos, elaboración de informes o tareas administrativas- están siendo cada vez más automatizadas. Esto introduce una tensión silenciosa en el sistema.
Si las primeras oportunidades desaparecen o cambian de forma radical, ¿dónde aprenden los jóvenes a trabajar, a decidir, a equivocarse?
Durante años, la lógica ha sido relativamente clara: elegir una carrera con buena empleabilidad, completar una formación sólida y construir desde ahí una trayectoria profesional. Pero ese marco empieza a quedarse corto.
Porque lo que está cambiando no es solo el tipo de trabajo. Es el tipo de valor que se aporta.
En entender el contexto. En tomar decisiones con información incompleta. En otras palabras, en el criterio que se tiene a la hora de analizar una situación o proveer un punto de vista.
No aparece en un boletín de notas.
Y rara vez se desarrolla en entornos completamente estructurados.
Aquí es donde aparece una de las principales desconexiones en la toma de decisiones educativas para los jóvenes.
Como observa Daniela Platt, fundadora de International Education Advisor, tras años trabajando con familias y adolescentes, muchas decisiones siguen apoyándose casi exclusivamente en el recorrido académico: asignaturas, calificaciones, elección de carrera. Es comprensible. Es lo conocido. Lo medible. Lo que da sensación de control.
Pero cada vez resulta más evidente que la verdadera diferenciación no se construye solo ahí.
Se construye en los espacios donde los jóvenes se enfrentan a lo desconocido.
Donde tienen que adaptarse sin tener todas las respuestas.
Donde descubren —a veces por primera vez— cómo piensan, cómo reaccionan y qué decisiones son capaces de sostener por sí mismos.
En distintos encuentros recientes en Londres, a los que ha asistido Platt, se ha podido observar cómo algunos programas educativos están evolucionando precisamente en esa dirección.
Más allá del contenido académico, están diseñando experiencias donde los estudiantes trabajan en proyectos reales, interactúan con profesionales activos en sectores de interés y desarrollan habilidades como el pensamiento crítico, la comunicación o la toma de decisiones.
No se trata solo de aprender más.
Se trata de aprender de otra manera.
Estos entornos funcionan como espacios de exposición real.
Y esa exposición cambia algo importante.
Porque cuando un joven se enfrenta a contextos nuevos -idioma, cultura, personas, dinámicas distintas- deja de operar en automático. Empieza a decidir. Empieza a posicionarse. Empieza a construir criterio. Y eso no suele ocurrir dentro de la rutina habitual.
Entonces aquí surge una idea incómoda, pero necesaria:
Para muchas familias, esta reflexión llega tarde. Cuando el sistema académico ya ha marcado gran parte del camino. Cuando las opciones parecen más limitadas. Sin embargo, hay momentos que, bien utilizados, pueden tener un impacto desproporcionado.
Y muchos de ellos no están dentro del calendario académico. A veces ocurren en espacios aparentemente secundarios. Como el verano.
En ese sentido, desde su trabajo en International Education Advisor, Daniela Platt acompaña a familias que buscan introducir este tipo de experiencias en el desarrollo de sus hijos —no como actividades aisladas, sino como parte de una estrategia más amplia para ayudarles a ganar claridad, criterio y confianza en un entorno cada vez más cambiante.
Y en medio de todo esto, quizá no se trata de hacer más, sino de elegir mejor los espacios donde los jóvenes pueden empezar a desarrollar este tipo de criterio de forma real. Porque algunas experiencias, especialmente aquellas que se viven cuando se salen de su entorno habitual, tienen una capacidad única de acelerar ese proceso de una forma que en casa o en el colegio es difícil de replicar.