La artista mexicana ha construido, a lo largo de tres décadas, una obra en la que la acuarela y el hilo negocian el mismo territorio. Frágil en la superficie y tenaz en el fondo, su trabajo sobre papel se ha ido consolidando como una de las propuestas más coherentes que hoy circulan entre México y Europa.
Hay una obra de Connie García Sainz (Ciudad de México, 1967) en la que el soporte está literalmente agujereado. Sobre un campo de azules profundos, naranjas encendidos y violetas que se empujan unos a otros, alguien ha abierto siete u ocho boquetes de contorno irregular. No son desgarros accidentales: cada uno está rematado a mano con hilo rojo, festoneado con la misma paciencia con la que se remata el ojal de una camisa. De algunos cuelga un cabo suelto que cae por la superficie como un hilo de sangre. A través de los huecos no se ve pintura: se ve la pared, la habitación, el mundo que hay detrás del cuadro.
Esa imagen resume mejor que cualquier declaración lo que esta artista lleva años haciendo. Primero rompe. Después cose. Y no cose para disimular la rotura, sino para señalarla, para obligar al espectador a mirarla de frente. «Nuestro mundo se está desgarrando y hay muchos hilos conductores que pueden ayudar: la tolerancia, la comunicación, la empatía, la educación, la integridad», escribió al presentar Desfragmentado, la pieza con la que fue seleccionada en el Premio Combat de Livorno en 2022. «Desde mi trinchera como artista, declaro una guerra pacífica.»
Una formación construida a contracorriente
Conviene detenerse en cómo llegó hasta aquí, porque su trayectoria explica bastante de la solidez técnica de lo que hace. García Sainz no se formó en una escuela de bellas artes: se licenció en Diseño Gráfico por la Universidad Iberoamericana de Ciudad de México entre 1986 y 1991. Ese origen se nota, y se nota para bien. Hay en sus composiciones una conciencia de la retícula, del margen, del espacio en blanco como material activo, que rara vez tiene quien viene solo de la pintura. Cuando distribuye nueve pequeñas acuarelas sobre una hoja grande dejando que respiren, o cuando alinea tres formatos horizontales en columna, está tomando decisiones de maquetación tanto como de pintura.
Sobre esa base fue superponiendo capas durante veinticinco años, sin prisa y sin atajos. Taller de pintura con Martha Ramírez y Robin Bond en Ciudad de México, de 1995 a 2011, dieciséis años de práctica continuada. Un taller de técnica de arena con artistas oaxaqueños en 1997. Diplomado en Arte Contemporáneo con Marian de Abiega entre 2015 y 2016. Taller de dibujo y escritura con Anthi Kosma en España, entre 2016 y 2017. Un máster de profesionalización de artista emergente en Berlín, en 2017 y 2018. Y una master class con Fernando García Herrera en 2021. Entre medias, dos años dando clase de arte en Apyre, Apoyo y Rehabilitación A.C., en su ciudad.
Es una biografía de aprendizaje permanente, no de precocidad. Y produce un efecto reconocible en la obra: nada en ella parece improvisado, ni siquiera lo que fue hecho de un solo gesto.
La aguja como herramienta crítica
El elemento que distingue de inmediato su trabajo es el hilo. No aparece como adorno ni como guiño artesanal, sino como una segunda escritura que se impone sobre la primera. En las series recientes sobre papel, la acuarela hace lo que mejor sabe hacer: extenderse, filtrarse, encharcarse, dejar aureolas donde el agua se retiró. Verdes que viran a esmeralda, amarillos ácidos que se comen el borde de la hoja, rosas que se derraman hacia abajo y se secan en un goteo. Es pintura entregada al azar controlado.
Y entonces entra la aguja. Puntadas cortas y paralelas que rellenan una zona como una trama de grabado. Zigzags a máquina que atraviesan el papel de lado a lado. Anillos concéntricos bordados en un espiral obsesivo. Líneas de bastilla que dibujan un contorno flotando por encima de la mancha, sin coincidir con ella. El hilo introduce lo que la acuarela no puede dar: tiempo lento, decisión, cuerpo. Y deja además una huella que ningún pigmento produce, la perforación. Cada puntada es una herida diminuta en el soporte, visible al trasluz.
Ese cruce sitúa a García Sainz en una de las conversaciones más vivas del arte contemporáneo. Desde que Louise Bourgeois convirtió la costura en un lenguaje de reparación y memoria, y desde que toda una generación reivindicó las llamadas técnicas menores frente a la jerarquía de la pintura de caballete, el textil dejó de ser oficio doméstico para volverse herramienta crítica. En su caso, además, el gesto tiene una raíz geográfica evidente: pocas culturas visuales han cargado el bordado de tanto significado como la mexicana. La artista no ilustra esa tradición ni la cita de forma folclórica; la usa. La lleva a un terreno abstracto, contemporáneo y sin coartada decorativa.
La misma lógica recorre Stingere, su serie dedicada a las abejas y al colapso de los polinizadores, donde el hilo no repara un papel sino una idea: la de que la conciencia también se teje, punto a punto, y que ningún nudo aguanta solo. Formulado así podría sonar a buena intención si la obra no lo sostuviera. Lo sostiene.
Cartografías de lo frágil
Una de las piezas más ambiciosas que ha producido en los últimos años es un collage de tiras entrelazadas sobre lienzo blanco. Decenas de bandas de papel, recortes de mapas topográficos, cuadrículas milimetradas, manchas de azul ultramar y magenta, campos de amarillo saturado, se cruzan en diagonal formando un tejido en el sentido más literal del término: urdimbre y trama, papel haciendo de tela. Sobre las bandas corren zigzags de máquina en azul marino, gusanos bordados en naranja, elipses punteadas que parecen curvas de nivel o trayectorias.
El resultado se lee de dos maneras a la vez, y ahí está su inteligencia. De lejos es un rombo de color, una explosión ordenada que ocupa el centro del lienzo y deja que el blanco haga de aire. De cerca es un territorio: fragmentos de cartografía, imágenes satelitales, coordenadas. Un planeta cortado en tiras y vuelto a montar por alguien que no acepta que se quede roto. Es, de nuevo, la misma operación de fondo, fragmentar y recomponer, pero desplazada de la metáfora íntima a la escala del mundo.
Ese es probablemente el mayor logro de su obra madura: haber encontrado una forma abstracta capaz de hablar de ecología y de convivencia sin caer nunca en la ilustración de la denuncia. No hay abejas dibujadas, no hay glaciares, no hay pancarta. Hay un tejido que se rompe y unas manos que insisten en repararlo.
El color como clima
Merece una mención aparte su manejo del color, porque es lo primero que un ojo entrenado reconoce cuando ve varias piezas juntas. García Sainz trabaja por familias cromáticas cerradas y muy reconocibles. Está la familia verde-amarilla, clorofila, savia, campo húmedo, con acentos de mostaza bordada, donde el color funciona como paisaje aunque no haya paisaje alguno. Está la familia rosa-naranja, más carnal, con acuarelas que se abren como cuerpos y goteos que descienden por la hoja mientras un hilo naranja las rodea con un lazo largo y perezoso. Y está la familia azul-rojo, la más dramática, la de los lienzos agujereados.
Cada serie mantiene su temperatura de principio a fin. Esa disciplina cromática, unida a la constancia del recurso textil, hace que su producción se reconozca a distancia. En un momento en el que buena parte de la abstracción contemporánea se disuelve en un aire de familia global e intercambiable, tener una firma visual identificable no es un detalle menor.
Los rostros que quedaron detrás
Quien recorra su trayectoria hacia atrás encontrará un registro distinto y sorprendente. Antes de la abstracción hubo figuración, y una figuración densa, matérica, hecha con arena, aquella técnica oaxaqueña aprendida en 1997, sobre fondos granates y ocres. Grupos de figuras de cabeza grande y rasgos esquemáticos, emparentadas de lejos con Paul Klee y con la tradición del muralismo pequeño y familiar. Y una serie de máscaras sobre fondo rojo incandescente: una veintena de rostros ovalados, algunos serenos, otros con la boca abierta en un grito silencioso, flotando sobre bandas de verde y granate.
Esas obras no son un ensayo previo que la artista haya renegado. Son el sustrato. La preocupación por lo colectivo, por la multitud, por la relación entre unos y otros, es exactamente la misma que hoy aparece traducida en tramas, cuadrículas y puntadas. Cambió el vocabulario, no el asunto. Para quien mira su obra con vocación de recorrido, y el coleccionismo serio siempre es una forma de recorrido, esa continuidad interna vale tanto como cualquier pieza aislada.
Un circuito internacional discreto y constante
Su obra ha viajado más de lo que su perfil público sugiere. Ha participado en exposiciones colectivas en Miami, Argentina, Tijuana, Roma, Boca Ratón y Ciudad de México a lo largo de más de tres décadas, con individuales como Sombreros (2010) y Residencial La Punta (2020). Recibió un reconocimiento en el Ideaborn Art Contest en España en 2017, fue seleccionada en el Premio Combat italiano en 2022 y ha expuesto con la M.A.D.S. Art Gallery de Tenerife, donde presentó los trabajos de la serie dedicada a las abejas.
Es una trayectoria de fondo, sin golpes de efecto, construida a base de presencia sostenida en el circuito internacional. El tipo de recorrido que, en el mercado del arte, suele preceder a los reconocimientos que llegan después.
Por qué mirarla ahora
Hay artistas que se entienden mejor en persona que en fotografía, y este es uno de esos casos. La reproducción registra el color y la composición, pero pierde justamente lo que hace singular a Connie García Sainz: el relieve del hilo sobre el papel, la perforación mínima en el borde de cada puntada, el cabo suelto que cuelga fuera del plano y proyecta su propia sombra. Su obra ocurre en el milímetro que separa la superficie pintada de la superficie cosida.
Quien la mire de cerca encontrará algo poco frecuente: una artista que domina dos oficios distintos y los hace convivir sin que ninguno se subordine al otro. Y una idea sostenida durante años con una obstinación admirable, que lo roto se puede coser, que la reparación es un acto que exige tiempo y manos, y que el arte puede ser el lugar donde se ensaya.
Una guerra pacífica, dijo ella. Librada con aguja e hilo.