El Castell del Paborde de La Selva del Camp reúne del 4 al 27 de septiembre veinte pinturas de M. Teresa Ribé y Adelina Calderón. Dos pintoras que trabajan desde caminos opuestos y que, puestas frente a frente bajo los arcos góticos, resultan estar diciendo lo mismo. La exposición, comisariada por Antonio Sánchez, se llama «Moments · Sensacions · Emocions».
En el último tramo de la sala de los arcos cuelga un rostro con una bóveda gótica pintada dentro. La obra se titula Salida, es de Adelina Calderón y es la única de toda su producción presente en la muestra donde aparece una figura humana. Está colgada, deliberadamente, bajo un arco apuntado de piedra del propio castillo: un arco gótico de verdad, no pintado. El efecto es inmediato y no necesita explicación. Dentro de una persona cabe una arquitectura, y el edificio deja de ser un continente para convertirse en parte del argumento.
Ese gesto resume bien lo que ocurre en esta exposición, que abre el próximo 4 de septiembre en el Castell del Paborde de La Selva del Camp y podrá visitarse hasta el 27, con entrada libre. Veinte pinturas, diez de cada autora. Y un comisariado que ha renunciado a lo fácil.
Una coincidencia que tardó meses en leerse
El origen de la muestra fue, según cuenta su comisario, un desconcierto. Antonio Sánchez, director de 1819 Art Gallery, vio la obra de las dos pintoras por separado y con bastante tiempo de diferencia. Adelina Calderón traía cañaverales, bosques de abedules, un cortado abierto por el agua. M. Teresa Ribé traía bailarinas, manos sobre una guitarra, telas deshaciéndose en el aire. Por asunto no había manera de emparentarlas. Y, sin embargo, producían el mismo efecto extraño: uno se quedaba mirando y no sabía decir con precisión qué estaba mirando.
La explicación llegó tarde y es la tesis de la exposición. En ninguno de los dos casos el asunto del cuadro es la cosa que aparece en él. En los cañaverales de Calderón lo pintado no es la hierba: es el viento que la atraviesa. En las bailarinas de Ribé lo pintado no es la figura: es el impulso que la sostiene un segundo antes de soltarla. Las dos llevan años pintando algo que no se puede ver, y las dos han llegado al mismo lugar por el único camino que existe, que es pintar lo que ese algo hace.
«Llevan años pintando lo mismo sin haberlo hablado», resume Sánchez. La frase, que podría sonar a eslogan de sala, se sostiene en cuanto se recorre la exposición.
Adelina Calderón: la naturaleza tratada como un cuerpo
Calderón no pinta el paisaje desde el mirador. Se mete dentro y pinta a ras, a la altura de la hierba. Las dos telas horizontales que abren la sala grande, La memoria del verano y Respiro, comparten medida y son dos climas del mismo lugar: una está caliente, la otra apagándose. Colgadas juntas funcionan como una sola pieza, y esa banda estrecha de vegetación a la altura de los ojos es la declaración de intenciones de toda su obra. No hay horizonte que ordene la escena. No hay cielo. No hay distancia de seguridad.
Desde ahí, todo en su pintura es empuje. Los tallos suben. En Fuego en la estepa el incendio corre en horizontal y el óleo está literalmente amontonado en la parte baja del lienzo, igual que se amontona la ceniza. En Rompiendo cielo y tierra el agua abre la roca y la pincelada hace exactamente lo mismo con la superficie del cuadro. En Luz y oscuridad la vegetación se espesa hasta que el espectador deja de saber si está mirando un bosque o un bloque de materia.
Trabaja con espátula, con empaste, con capas que no espera a que sequen del todo. La pintura le pesa. Y ese peso no es un rasgo de estilo, es el argumento: cuando la materia de un cuadro se comporta igual que la materia que representa, ya no hace falta describir nada.
M. Teresa Ribé: el cuerpo tratado como un paisaje
Ribé hace el camino contrario. Pinta el cuerpo en el único momento en que no está quieto, y lo deja irse. En Contorsió, una figura se dobla hacia atrás hasta el límite de lo que un cuerpo puede hacer, y la tela azul que la envuelve sigue moviéndose después de que el cuerpo se haya detenido. En Ballant entre vels la falda ya no es falda: es agua con luz dentro. En Danza del foc es fuego, y la figura casi ha desaparecido dentro de él. En Dama de tardor apenas quedan una mancha rojiza y una pierna, y el cuadro sigue funcionando, porque lo que sostenía la escena nunca fue la anatomía.
Su procedimiento es inverso al de Calderón: trabaja de dentro hacia fuera, con veladuras, manchas y fondos que se comen el contorno de la figura. Sus bailarinas no están dibujadas y luego coloreadas; emergen de una niebla y vuelven a ella en el mismo gesto. Por eso el fondo nunca es un fondo: es clima.
Dos piezas dejan ver el procedimiento con especial claridad. Amor brujo aprieta unas manos y una guitarra contra una superficie oscura y corroída, y es su obra más próxima a la materia densa de Calderón. Units fem Força amontona ocho figuras en un bloque compacto del que salen brazos en todas direcciones, y consigue que un grupo humano se lea como una sola forma en movimiento.
La parte del cuadro que no firma nadie
Hay un argumento en esta exposición que va más allá del emparejamiento de dos autoras, y es probablemente el más interesante de cuantos propone.
En las dos pintoras existe un tramo del cuadro que decide el material, y las dos lo aceptan. Un empaste grueso se agrieta al secar y nadie controla exactamente por dónde. Una veladura sangra hacia donde el lienzo está más absorbente, y eso tampoco se decide. Calderón y Ribé trabajan con técnicas opuestas, pero comparten una disciplina poco frecuente: dejan que esa parte ocurra y construyen el cuadro alrededor de lo que ha ocurrido.
Es una decisión de oficio y también, en el sentido más práctico de la palabra, una decisión moral. Renunciar al control absoluto implica aceptar que el resultado no sea lo previsto. A cambio, el cuadro tiene algo que no se fabrica a voluntad: parece que ha pasado, no que se ha hecho.
Ahí está la razón de fondo por la que ambas pintan bien el viento, el agua y el fuego, tres fenómenos que nadie puede sujetar. Y la razón por la que en esta muestra no hay ninguna obra que se limite a estar bien resuelta.
Cinco conversaciones bajo la piedra
El comisariado ha renunciado a ordenar la sala por autoras. Las obras se han emparejado por lo que hacen, nunca por lo que cuentan, y esa decisión organiza toda la exposición.
Emparejar por tema habría sido cómodo y habría sido un error: no existe tema común entre una estepa ardiendo y una bailarina. Lo que sí existe es un gesto común. El fuego con el fuego, que una amontona abajo y la otra deja escapar por arriba. El viento con el viento: hierba doblada y tela deshecha, movidas por lo mismo y ninguna capaz de mostrarlo. El quiebro con el quiebro, la pareja colgada más apretada de toda la muestra, porque la roca que se abre y el cuerpo que se dobla deben leerse como un solo movimiento. La penumbra con la penumbra, las dos piezas más espesas y más lentas. Y, al final, la figura con la figura.
La arquitectura del castillo hizo el resto. La planta tiene dos espacios de carácter opuesto: uno luminoso, con cristaleras hacia el pueblo y cubierta de madera sobre pilares de hierro, que solo admite obra en dos de sus lados; y otro partido por cinco arcos apuntados de piedra, donde cada tramo mide justo lo que miden dos cuadros. La limitación, que al principio parecía un problema, terminó de decidir la exposición. En la sala luminosa las obras conviven en dos frisos largos, alternando autora. En la sala de piedra se enfrentan de dos en dos. El recorrido va de la luz a la piedra, y no al revés.
Lo que se le pide a quien mira
Hay un detalle de montaje que conviene conocer antes de entrar. Toda la muestra se ha colgado con el centro a ciento cincuenta centímetros, algo por debajo de lo que se estila, para que las piezas grandes queden a la altura del cuerpo y no de los ojos. La relación que se busca es física antes que visual.
Y cada pintora exige lo suyo. La obra de Calderón necesita que uno se acerque hasta ver el relieve y luego retroceda tres metros para que la materia vuelva a convertirse en hierba. La de Ribé necesita lo contrario: mirar primero de lejos, donde la figura aparece entera, y aproximarse después para comprobar que casi no está pintada.
Quien recorra la sala en el orden previsto pasará de lo que todavía se está formando a lo que ya se ha ido. No hay moraleja en ello. Es sencillamente el orden en que ocurren las cosas, y las dos pintoras llevan años sabiéndolo.
MOMENTS · SENSACIONS · EMOCIONS. M. Teresa Ribé y Adelina Calderón. Comisariado por Antonio Sánchez. El Castell del Paborde, La Selva del Camp (Tarragona). Del 4 al 27 de septiembre de 2026. Inauguración: jueves 4 de septiembre, 19.30 h, con presencia de las dos artistas. Entrada libre. Con la colaboración del Ayuntamiento de La Selva del Camp, Trempat, De Muller y Artsy.